lunes, 14 de marzo de 2011

LA GUERRA QUE EL COMUNISMO PERDIO

                  
     Desde finales de los años cuarenta hasta el comienzo de los noventa del pasado siglo, una guerra fría entre dos regímenes sociales ocupó gran parte del panorama político del mundo. La perdió el comunismo. De nada le valieron a los regímenes instaurados en Europa bajo el auspicio de la Unión Soviética, e inclusive a ésta misma, los largos años de partido único, ni de propaganda triunfalista, ni de férrea censura, ni de represión a veces cruenta, para que igual sus pueblos, angustiados, un día se sacudieran las cadenas y se decidieran a emprender el arduo pero esperanzador camino hacia la libertad.
     Nunca antes en la historia humana, una tentativa de reorganizar la sociedad desde adentro, había provocado tantas víctimas ni había costado tanto en término económico como le costaron a los pueblos que se decidieron a ponerlos en práctica, casi siempre engañados, cuando no abiertamente por la fuerza, los experimentos comunistas. La historia está ahí, todavía fresca, e inclusive transcurriendo aún en ciertos sitios donde la apatía de las gentes, o su costumbre de la esclavitud, las siguen manteniendo sometidas a los designios de sus opresores, sin que no sólo no osen levantarse airados para cortar la mano que los hiere y mata, cuando no los empuja a la enajenación y el exilio, sino que hasta se muestran a los ojos del mundo, felices y orgullosos de poder complacer, con su servilismo a los tiranos, hasta participando en falsas elecciones para votar por ellos, los candidatos únicos y eternos.
     No voy a mencionar ningún ejemplo, ni voy a hacer el recuento de los ríos de lágrimas y sangre que ha vertido ya la especie humana por causa de esa fatal ideología, ni de los que les falta por verter aún, si esos experimentos, cambiándose de máscara, prosiguen. Quiero hablar de otra cosa, de la prensa y de su manipulación por los partidos que bajo el estandarte del marxismo; aún cuando ellos mismos mantienen y defienden entre el arsenal de los preceptos que heredaron de sus fundadores, aquel de que no hay verdades absolutas; la han pasado negando, incluso, cuando lo han considerado necesario, a sangre y fuego, cualquier otra verdad, que quiera manifestarse independientemente de la que propugnan ellos mismos.
     Es que los ideólogos marxistas siempre han visto a los pueblos como pobres tontos, a veces ni tan útiles, incapaces de autogobernarse o de emprender algo por sí mismos, impulsados sólo por las necesidades siempre cambiantes y cada vez crecientes, de la sociedad, sin la “certera guía”  de un partido y un líder, únicamente los de ellos, por supuesto, que muestren “el camino luminoso a un futuro pletórico de glorias”. Para estos pensadores epígonos de Marx, si los obreros viven bajo el capitalismo, son unas pobres víctimas pasivas del cruel capital, que engaña y manipula su conciencia a través de la masiva propaganda impuesta por los medios, y cuando viven en el socialismo, pues entonces hay que restringirles todo tipo de libertad de prensa y de expresión para evitar así que se “confundan”.
     Creo que jamás ninguna ideología, ha echado tan a menos a los pueblos, ni ha desconfiado tanto de la inteligencia de la gente, de su capacidad de ver y apreciar lo que sucede en torno, para actuar, cuando lo considere necesario y justo, en consonancia. En base a ello, donde quiera que se aúpan al poder, cualquiera que sea la vía que utilicen, ya sea el golpe armado o la elección, invariablemente el primer paso es pasar a imponerle a las personas lo que tienen que ver y escuchar y las cosas que tienen que aprender. No más escuelas despolitizadas, no más prensa libre, no más acceso a información externa  que no sea pasada por el “filtro” de la ortodoxia de los que gobiernan. Y como resultado, no más personas libres que se expresen sin miedo, no más sociedad civil. ¿Qué otra tentativa  de dominación sobre el alma de los seres humanos, había estrechado antes tanto el cerco en torno a lo que sucede en su cerebro? ¿Tal vez la inquisición?
     Pero el mundo moderno se torna a cada instante más dinámico y ágil, y más indagador,  y la gente dispone cada día de recursos más sofisticados y al alcance de todos, para acceder a lo que piensan otros y difundir lo que ellos mismos piensan, eludiendo sin grandes sacrificios las barreras con las que procuran mantenerlos a oscuras los censores . Un flash drive que cabe entre dos dedos, una computadora portátil con acceso satelital a la Internet, un teléfono móvil... hacen que hoy por hoy la información viaje de un lado a otro de la tierra en menos de un segundo y sin que se la pueda detener. Sin frenos, sin censura, cruda, limpia, abundante, directamente a veces de sus protagonistas, para que los destinatarios puedan decidir por sí mismos lo que les interesa y lo que no, lo que de acuerdo con su criterio libre pueda ser cierto o no.
     Esa es la otra batalla que están perdiendo hoy ya aquellos aislados, derrotados, dispersos, confundidos y en descomposición; fragmentos del otrora imperio comunista, que basó su dominio sobre la conciencia colectiva en el acaparamiento de los medios masivos, en la manipulación o la censura  de toda verdad que no emanara de ellos, y en el aplastamiento consuetudinario de toda voluntad de indagación. No importa lo que hagan, ni siquiera que intenten  adaptarse a los tiempos para usando los medios que inventó el mundo libre, volver a colonizar la información. Ya es tarde, mejor quiero decir, ya amaneció.

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